numero deicisiete
Estoy como todos los días pegado al suelo, siempre esperando que la brisa me trasporte a la aventura del nunca regresar que han emprendido tantos de los míos.
Han pasado sesenta años y se que falta poco, lo sé también porque hace no mucho que empezaron a salir las flores y acabó el ciclo de 20 años de lluvia. Esas hojas que cuarenta años atrás caían sin cesar, y ese calor apocalíptico que 60 años atrás me dilataba los electrones hacindome parecer mas mate, cual joven fui, y cuando viejo estoy ahora.
Los vientos han empezado, y siento como me levantan, nunca imagine que sería así. Los ancianos me hablabancuando pequeño de cómo a los sesenta uno desaparecía, a menos que le tocara el infortunio de ser tapado por una piedra, o aún peor tapado por el pavimento, ahí habían nulas posibilidades de escapar. Yo no quería que me pasara eso, quería saber que había mas allá, y sabía que independiente de mis intentos se haría cuando fuera la hora.
Me elevé y comencé a transportarme por hermosos parajes, que desde mi perspectiva jamás pude apreciar, a algunos el viento los dejó en las hojas, a otros sobre animales, ibamos en una carrera controlada por el viento (y aún no comprendo si algo lo controla a él). mis ánimos subíen mientras imaginaba que destino me esperaba ahora, en que lugar comenzaría a vivir, esperando otros sesenta años por éste u otro viento que me deparara otra estadia.
Acabo de chocar con esos seres montruosos que llaman humanos, son infernalmente gigantes, desearía tener pies para poder recorrelos, desearía adentrarme en uno para conocer ala bestia que a veces no pisa en las calles.
Pero el viento me dejo en una selva frondosa de largos cables negro en la cúspide de es humanidad. Cada vez que esta caminaba me mecía, creo que la vida sedentaaria que llevaba en el suelo no era tán emocionante como esta. Me encontre a nuevos compañeros, unos habían llegado hace meses, yo solo llevo dos días aquí.
La humana ha llegado a un lugar cerrado. Estuvo caminando dos semanas y ahora se sienta frente a una pantalla gigante que proyecta relaciones humanas como las que ví en la calle.
Ha estado por lo menos tres días viéndolo, y ahora se fue un lugar al que un anciano una vez llamo 'cama' si mal no recuerdo. Durante ese mes aproveché de compartir con muchos seres, conocí a unos que se hacían llamar ácaros, encontré que era un buen nombre, por eso no les quise decir el mío. La humana mientras tantos emitía unos sonidos guturales que realmente me asustaron, los ácaros de su cama me decían que era normal, pero no era grato para mi haberlos escuchado, duraban una hora, a veces menos. Además todo estaba oscuro, y después de ese mes, salió la luz del día.
La humana después de mucho andar, llegó a un lugar desconocido, era el manatial mas raro que he visto (aunque solo los había imaginado). Alzó su mano hacía un objeto metalico y después de eso, por un tubo con hoyos comenzó a manar agua. Ella se introdujo y los cables en los que estaba comenzaron a llenarse de ese agua, me desesperé, comenzaba a deslizarme y lamenté, nuevamente, mucho no tener manos, me gustaba etar ahí. En un mes viví muchas más cosas que en sesenta años en el patio de su casa.
Cuando golpea fuertemente con un líquido viscoso, de color gris, que al agitarlo comienza a hacer espuma, ahora si que me siento caer, me siento resbalar por sus cables negros, empecé a caer por su estructura hasta que caí en un remolino y entré a un tunel oscurísimo.
Bueno ya llevo 120 años aquí, y no lo he pasado nada bien. Aquí no hay un viento que pueda salvarme, solo una corriente de agua cada día que me aleja un poco más y me lleva hacia donde el viento no me llevaría jamás.
